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Un rey, durante un día de caza, encontró un pichón de águila debajo de un árbol que aún no sabía volar. Se la llevó a casa, y la cuido hasta que el águila fue ya mayor.

Quería que volase, pero no había forma y contrato a los mejores expertos del país para que hicieran volar al águila, prometiéndoles suculentos tesoros pero ninguno conseguía que el águila volase. Probaron cambiándole la alimentación, poniendo como cebo, invitándola a volar, corriendo con el águila en el brazo, pero el águila no volaba.

El jardinero del reino, viendo los esfuerzos de todos porque el águila volase, le pidió al rey permiso para intentarlo él, y aunque el rey no confiaba demasiado en que cumpliese con su cometido le dejó probarlo.

El jardinero bajo, y al cabo de poco tiempo, vio al águila pasar volando ante su ventana. Bajó corriendo y encontró al jardinero sonriendo satisfecho.

– ¿Cómo lo has hecho? – Le preguntó el rey

– Cortando la rama sobre la que se posaba el águila – le contestó el jardinero

A veces para conseguir volar, necesitamos que desaparezca también la rama sobre la que nos posamos. Si tu rama ha desaparecido, tienes dos opciones: buscar otra rama, o empezar a volar.

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